EL LEGADO DE EDWARD BACH

Edward Bach, médico cirujano, bacteriólogo, patólogo y homeópata inglés, es conocido por ser el creador de los Remedios Florales de Bach o simplemente Flores de Bach e igualmente, por haber desarrollado una filosofía y un método que aplica las esencias florales con fines terapéuticos conocido como Terapia Floral.
Bach, heredó el amor, sensibilidad e interés por la Naturaleza , que son característicos del pueblo galés. De niño era curioso y reflexivo Su decisión de ser médico, para ocuparse del sufrimiento de los seres humanos, fue precoz.
Los primeros años de trabajo estuvieron caracterizados por un gran entusiasmo y por el deseo, que nunca abandonó, de hacer aún más, de ir más allá, experimentando nuevos caminos. El se había vuelto un adulto que seguía observando el mundo y haciéndose mil preguntas, sin desalentarse, aún cuando no encontraba las respuestas.
Los médicos luego de haberlo operado de una hemorragia producto de una tumoración del bazo, le anunciaron que no le quedaba más de tres meses de vida, esto lo llevó a dejar su trabajo en el hospital y dedicarse a investigar en su laboratorio. Volvió a su labor en cuanto pudo con el ánimo que le proporcionaba la idea de hacer al menos una última contribución a la medicina antes de morir. Si tenía que morir, no había tiempo que perder, tenía muchas cosas para hacer, tenía que estudiar y experimentar. Se concentró en el trabajo y pasaron tres meses, cuatro, cinco… sus colegas lo miraban estupefactos. No solo todavía estaba vivo, sino que los análisis no dejaban lugar a dudas: su enfermedad estaba regrediendo.
Bach descubrió así, a costa de sí mismo, que la energía producida por una gran pasión era capaz de vencer cualquier negatividad. Fue así que aquella que se había presentado como una tragedia, se volvió el punto de partida para sus nuevas y fundamentales investigaciones, que lo habrían llevado, años después, a la identificación de sus «remedios»: las hoy famosas Flores de Bach, que cada una, con su propia identidad, apunta a restituir energía al cuerpo y a la mente. Para Bach, la creencia de que el estado mental podía tener un efecto directo y muy poderoso sobre la salud física se confirmó con la experiencia.
Bach pensaba que la medicina era incapaz de tomar en consideración el ser humano en su entereza. Por el contrario afirmaba, que el hombre es un ser complejo en el que la mente y el cuerpo no pueden tomarse por separado, en el que cada singular aparato se relaciona con todo el resto. Cada hombre tiene su historia, emociones, sensaciones, sueños y necesidades que no se pueden ignorar. Y sin embargo la atención de sus colegas y del mundo académico estaba siempre dirigida solo a la enfermedad.
Para Bach no quedaban dudas: lo que debía ser curado era el ser humano en su complejidad. No era suficiente conformarse con taponar los síntomas. El paciente visto como persona es mucho más importante que la enfermedad.
Se identificó con las ideas de Hipócrates, Paracelso y Samuel Hahnemann, entre otros. Para Bach resultaba esencial reconocer que el hombre tiene dos aspectos: uno espiritual y otro físico, y que de los dos, el espiritual es el más importante. La salud es el estado de armonía entre estos aspectos.
El Dr. Bach se recibió como médico en 1912 y al recibir su título dijo: ‘me va a tomar 5 años para olvidarme de todo lo aprendido’. De hecho requirió de más tiempo. Fueron 18 años después cuando finalmente dio la espalda a la investigación ortodoxa, rompió los tubos de ensayo de su laboratorio y abandonó Londres.
Dividió las bacterias responsables de las enfermedades en siete grupos, y fiel a su idea de poner al hombre, esto es el paciente, en el centro de la investigación, empezó a estudiar las características comunes de las personas que necesitaban la misma vacuna. Resultaron siete perfiles psicológicos diferentes.
Bach empezó entonces a hacerse una pregunta revolucionaria para aquella época: y si fuese la índole, el estado de ánimo, el que provocaba la enfermedad? Esta pregunta sentaría las bases para sus estudios sucesivos, aquellos que lo habrían llevado a la identificación de sus extraordinarios «remedios». Decidió abandonar entonces su estudio médico de Londres para dedicarse completamente a la investigación de un nuevo método de cura, totalmente basado en el estudio del alma humana.
En 1912 volvió a Gales, a su amada campiña. Sus vacunas, los «nosodos», se iban perfeccionando y funcionaban, pero no con todos sus pacientes, y a veces las enfermedades, después de un periodo de regresión, se volvían a presentar. Además, los nosodos, eran todavía producidos por bacterias. Allí, en el silencio armonioso de la naturaleza y utilizando el espacio de meditación y el conocimiento interior, desarrolla aun más su gran sensibilidad, todo lo cual le permitió percibir las vibraciones y propiedades curativas de la flores.
Una mañana temprano, atravesando un campo lleno de rocío, se le ocurrió que cada gota de rocío, calentada por el sol, adquiría las propiedades curativas de la planta donde se encontraba. Esto lo llevó a desarrollar un método para preparar los remedios utilizando agua pura. Bach llegó a recoger e identificar los dos primeros remedios: Mimulus e Impatiens. Con estas flores preparó nuevos nosodos. Para elegir los pacientes aptos para recibir este método de cura se dejó guiar por su intuición, buscando la semejanza entre la planta y el perfil psicológico del paciente.
Mimulus, una flor que aparece frágil, fue subministrada a pacientes que mostraban timidez, pequeños miedos. Impatiens, la flor «impulsiva», que proyecta lejos de sí sus propias semillas, fue subministrada a pacientes más nerviosos y apurados. Los resultados fueron inmediatamente satisfactorios. El camino estaba trazado.
Bach pasó horas y horas en estado de contemplación de las plantas de su infancia, con la intención de «entender» a las flores, estudiando sus aspectos y características. Llegó así a la identificación de las primeras doce flores. El método funcionaba, pero aún una vez más, no con todos los pacientes. Decidió entonces profundizar los conocimientos del alma humana, buscando las miles sutilezas posibles que hacen de cada hombre un ser diferente a todos los demás. Las emociones negativas fundamentales habían sido identificadas, el miedo, el terror, el pánico, la actitud mental que lleva a torturarse, a rumiar los pensamientos, la indecisión, la indiferencia y el aburrimiento que llevan a no amar más a la vida, la invadencia, la debilidad y la poca estima por sí mismo y por las propias capacidades, la impaciencia, la soledad, el entusiasmo devastante… cada uno de estos sentimientos debía ser ulteriormente analizado. El miedo, por ejemplo, podía concentrarse sobre algo preciso como la muerte o la enfermedad, pero también hacerlo en forma vaga, indeterminada. Había mucho camino por recorrer…
El descubrimiento de las 38 flores de Bach le tomó otros cinco años. A lo largo del camino el Dr. Bach perfeccionó dos métodos completamente nuevos para preparar medicina de las plantas -los métodos de sol y ebullición, que seguimos utilizando hoy en día. Al mismo tiempo su sensibilidad a la naturaleza y a la gente que venía a buscarle, llegó a tal grado, que él mismo experimentaba los síntomas y las agonías mentales por las que tenían que pasar sus pacientes.

En 1935 durante la búsqueda de los remedios llegó a padecer a tal grado cada uno de los estados mentales para los que necesitaba un remedio, que sólo encontraba alivio cuando hallaba la planta correcta.
Declaró su sistema concluido cuando tuvo todos los remedios que necesitaba – 38 preparados en total, que entre sí podrían generar casi 293 millones diversas combinaciones y sin embargo son tan sencillos de hacer y usar que cualquiera podría hacerlo.
En pocos años había descubierto un sistema curativo completamente nuevo, que se centraba exclusivamente en la salud emocional y espiritual de la gente, en lugar de los síntomas físicos. Los remedios no fueron creados por el Dr. Bach, sino descubiertos por él. Bach siempre habló de los remedios no como un logro personal, sino como un regalo recibido de la naturaleza y de Dios, ‘una vez que se nos entregó una joya de tal magnitud, nada puede desviarnos de nuestro camino de amor y deber para exhibir su lustre, puro y sin adornos a la gente del mundo’.
Precisamente porque son un regalo y no una creación humana, el sistema de los 38 remedios es perfecto y completo en sí mismo.
El Dr. Bach trabajó por varios años en hospitales y estaba muy consciente del efecto negativo que éstos provocan sobre el espíritu humano.
Después de salir de Londres y de comenzar su trabajo con los remedios florales soñó con otra clase de hospital, un hospital donde la gente pudiera ir libremente en la búsqueda de si mismos y de aprender las lecciones que la vida les enseña. Soñó con médicos que comprendieran a la gente como individuos y que estudiaran la naturaleza humana, en lugar de en tubos de ensayo y resultados clínicos de laboratorio; e imaginaba a los pacientes haciéndose cargo de su propia salud, entendiendo y aceptando las necesidades de sus almas, en lugar de atender únicamente las necesidades del cuerpo.
Al pensar sobre esto llegó a una conclusión asombrosa: el hospital, el médico y el paciente que describe el Dr. Bach son la misma cosa. Todos ellos se encuentran en cada uno de nosotros. El hospital no es un edificio en algún lugar, sino un estado mental en nuestro interior, un ángulo de nuestra alma. El médico del futuro y el paciente con sus facultades somos usted y yo, cada uno de nosotros ayudándonos a nosotros mismos y entre nosotros con estos remedios.
El Dr. Bach hubiera estado encantado de ver que los remedios se llevaran a los mercados junto con las coles, porque de esta manera se le facilitaría a la gente su compra y uso. ‘Quiero que sea tan sencillo como esto’, diría, ‘si estoy hambriento iré al jardín por una lechuga; si estoy asustado y enfermo, tomaré una dosis de Mimulus’. La gente que vive en la ciudad y que no tiene un jardín compra sus lechugas en los supermercados; llegará el día cuando tengan la posibilidad de conseguir sus flores con la misma facilidad.
El hospital del futuro, ese santuario de paz, esperanza y alegría, se encuentra ahora en nosotros, sólo tenemos que elegir descubrirlo.
Edward Bach nos deja un método que luego de más de sesenta anos sigue difundiéndose y desarrollándose, y 3 simples libros: «Cúrate a ti mismo», «Los doce curadores», y «Lìbrate a tì mismo», que todavía son capaces de iluminar nuestra vida.
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