LA RELACIÓN TERAPÉUTICA

4b8816830b72f13da395556ad7b05054 La relación terapéutica como todas las relaciones es una cuestión de dos en la que tiene que haber voluntad común de estar, ambos se sienten cómodos y encuentran un sentido.

El cliente toma la iniciativa (siempre ha de ser así) motivado por un deseo profundo de cambio, de búsqueda de ayuda ante la imposibilidad de autoapoyarse. Tiene alguna referencia a través de un amigo o conocido que ha ‘pasado’ antes, por medio de algún artículo, de su web o por diversos circunstancias que en un momento dado de esa primera cita le lleva a preguntarse: «¿qué hago yo aquí?».
Por su parte, el terapeuta solo conoce un nombre y una voz trás la llamada de teléfono, es un breve instante de tiempo suficiente para convenir un día y una hora. En ocasiones el cliente quiere saber más cosas: de qué se trata, cuánto durará, si esto que le ocurre es ‘normal’, el precio,… muestra su ansiedad de salir del lugar donde se encuentra. Sin embargo, el terapueta no necesita más, es suficiente, y de esta forma no entra en el mecanismo automático del posible cliente. Será ya en consulta por medio de su narración y de la forma de mostrarse como se entra en el núcleo del problema.

Es fundamental que en esa primera cita se den las circunstancias para crear un ambiente favorable, de confianza, de compromiso, de responsabilidad, de confidencialidad… que se afianzarán en sucesivos encuentros. De lo contrario la relación terapéutica no podrá ser.

TERAPIA EN MOMENTOS DIFÍCILES

Nada mejor que acudir a la literatura de uno de los grandes gestaltistas de nuestro país, como es Francisco Sánchez, en su libro TERAPIA GESTALT: UNA GUIA DE TRABAJO (Ed. Rigden Institut Gestalt. 2008, págs. 104-106):

Algunas personas vienen a terapia ‘en plena crisis’, en el fondo del pozo, padeciendo de grandes dificultades, etc. Pérdidas, separaciones,… Pretenden ‘entender’ lo que ha pasado (suelen oscilar entre la rabia y la culpa), o pretenden, por ejemplo, tomar una decisión rápida.
…no es el momento de revisar nada, ni de promover otros cambios que aquellos que estrictamente requiera la situación. Utilizando una metáfora que a veces explico a mis clientes, si en medio del mar te encuentras en una gran tempestad, es momento de sujetarte donde puedas, de tomar algo contra el mareo, pero no es el momento de ponerte a estudiar o a ordenar los libros de la estantería.
Cuando el dolor aprieta y parece que sólo hay dolor, es momento de vivirlo, de transitarlo, de respirarlo, de compartirlo, y no de otra cosa. Intentar comprender, resolver el conflicto entre culpabilizarse o culpabilizar, etc. no llleva a nada en momentos así, por más fuerte que sea el impulso a ello. Cuando las aguas estén más tranquilas será el momento de abordar lo que ya veremos cuando lleguemos allí.
Situaciones así se producen, por ejemplo, ante la muerte de un ser querido o ante una separación brusca. Pero también ante situaciones menos estresantes (aunque también estresantes). Por ejemplo, un cliente acaba de ser despedido de su empleo. En ese momento pretende entender qué ha pasado, en qué se ha equivocado, qué ha hecho mal o qué abusos han estado cometiendo con él sin que se haya percatado hasta ahora. Pues no, señor. Ahora no. Ahora es el momento de dejar pasar el tiempo (desde el punto de vista terapéutico), compartiendo sentimientos, si la ocasión se presta y sin más pretensión. Y, desde un punto de vista práctico, es el momento de ponerse a buscar un nuevo empleo (salvo que el cliente quiera darse un tiempo de tranquilidad o de reflexión).
Luego, cuando se encuentre en una situación un poco más estable desde el punto de vista laboral y/o económico, ya revisaremos lo que haga falta revisar en ese momento
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UN MOMENTO CONCRETO EN LA TERAPIA

Son muchas las situaciones que se dan en un proceso terapéutico y muy variadas. Hoy quiero hacer mención solamente a una de ellas, para acompañar y animar a una cliente mía que se encuentra en un difícil momento.

En la relación terapéutica en párrafos anteriores hablaba de la necesidad de crear un ambiente propicio en el que la confianza hacia el terapeuta y el compromiso del cliente han de ser fundamentales.

Pero, cuando el terapeuta confronta directamente lo que ve con el cliente, éste puede entender que actúa contra él, naciendo cierto sentimiento de desconfianza: ‘¿cómo es posible que esta persona en la que yo confié mis emociones más íntimas, mis miedos e inseguridades, ahora se ponga contra mí?‘, se podría preguntar el cliente. El terapeuta trata de mantener un papel de cierta objetividad que le permita ver en todo momento ‘el juego’ del cliente para hacerle ver cual es el mecanismo que le genera sufrimiento y mostrárselo, buscando el awaraness (el darse cuenta). No existe, ni mucho menos, intención de posicionarse contra él, ni tiene motivos para ello, tan solo trata de hacer de espejo de ayudarle a ver… y desde ahí el cliente asume su responsabilidad, o se hace cargo de lo que ve (y si no le gusta lo cambia) o lo deja estar. La huída también es una opción.

Es una oportunidad. Una nueva y gran oportunidad de hacerse responsable de sus actos, por mucho sentimiento de rechazo que le provoquen o por las resistencias a identificarlos como suyos que existan. Es la oportunidad de afianzar el compromiso con su crecimiento personal y mostrar su firme voluntad de salir de ese lugar en que se encuentra y que le resulta insatisfactorio.

No es fácil, cierto es, la voluntad, el compromiso, la responsabilidad,… buenas herramientas para tirar de ellas en tiempos difíciles…

El terapeuta en estas condiciones vuelve a estar disponible para el cliente, siempre lo ha estado.

Con mucho cariño y respeto.

LUIS ARECES
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