PEQUEÑOS Y GRANDES DICTADORES

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Por: Pilar Alberdi

«Resulta entonces que la crueldad, el hambre, la criatura sollozante, no es sino la falta de verdad». Manuel Alvar López.

«Con las meras osamentas de las víctimas del poder de las palabras y de las fórmulas se podría elevar una pirámide más alta que la del viejo Keops». Gustave Le Boon

Sí, pequeños y grandes dictadores. Hay por doquier. Los hay de todas las clases imaginables. Habitan en nosotros mismos. Siempre tienen la voz de la ideología dominante y, por supuesto, la del interés y la conveniencia. Hasta la moda logra ser una dictadora excepcional. Pero no sólo la de la ropa, o la de los muebles, no esa que vemos todos los días en las revistas, en la tele, en el arte, no… La otra, la terrible, la que afecta decididamente a la ética y a las costumbres, a lo que está bien o esta mal, a lo que resulta aceptable o no. Quizá, por eso, me gusta esa frase de Moliere, que dice: «Todos los vicios, con tal de que estén de moda pasan por virtudes». Es demoledora, pone todo tan al descubierto, que estremece. Y aún tiene Moliere otra que dice: «La hipocresía es la mayor de las maldades». Porque la hipocresía, con su facilidad de palabras, con sus racionalismo, con su alusión de «deberías», con sus fusilamientos, lapidaciones, intimidaciones, secuestros, y silencios esconde la vileza, y esta refuerza el egoísmo.
Viene a cuento esta entrada porque no hace mucho alguien me llamó por teléfono para decirme que habían condenado a cadena perpetua a un dictador sudamericano.
Ante mi silencio, la voz, al otro lado del teléfono, me preguntó: ―¿No te alegras?
―No ―contesté pensando en cuántos pequeños dictadores del mismo país no iban a ser juzgados nunca.
Ellos son una gran parte de un pueblo que ahora vive en democracia. Caminan tranquilamente por calles en las que, no hace mucho, fueron asesinadas o desaparecieron personas. Días en los que ellos aprobaban lo que sucedía. Comen a diario. Viajan en autobús, en taxi, en coche propio. Tienen un trabajo o están en el paro. Algunos son ricos y otros pobres. Van al cine. De compras. A la playa. Subsisten con una mínima pensión o se dan el lujo de viajar a Europa. Acaso sentían en sí mismos, igual complejo de superioridad que los dictadores, y les servía para lo mismo que a ellos, para tapar un complejo de inferioridad que subyacía en su pasado. Ya ven, tan distintos y tan iguales. Son los liliputienses de las dictaduras; los invisibles… Son el colmo de la sordidez. Los que cambian de opinión cuando conviene. Los que apuestan sólo al ganador.Y quien crea que no estoy hablando de psicología se equivoca, porque este hacer nuestro, estudia el comportamiento, y se nutre de hechos, de palabras pero también de los silencios impuestos y consentidos. Y no importa dónde ocurra esa falta de la verdad, porque el grito de dolor se escucha siempre.

Fuente: PSICOLOGÍA.

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