¡Vete, Sombra! (parte 2)

Continuación del cuento Vete Sombra

La niña que no quería tener sombra, un día que iba atareada huyendo de ella, se tropezó con una tristeza, se miraron y a la niña le pareció que se sentía más segura con ella, así que se agarró a ella de la mano.

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Esta era una tristeza rara, como mestiza. La gente lo notaba cuando las veía pasear por la alameda juntas, la niña mirando al suelo si tenía el día malo, y mirando al frente sin fijar la vista en nada si el día era bueno. Su tristeza parecía eso, triste, pero no sólo eso. Tenía un no se qué más, que no quedaba claro, y era inquietante. Pero bueno, oye, era tristeza.

Al ir cogidas, fue inevitable que la tristeza fuera calando a través del brazo de la niña, hasta llegarle al corazón. La sensación que ella notó cuando entraba la tristeza es parecida a la de la anestesia entrando por la mano cuando te van a operar. Frío, no duele pero parece que sí, molesta pero no tanto…
A todo se acostumbra una, a cambio de sentirse acompañada, ¿no?

A la niña le daba rabia que, cuanto más triste estaba, más se empeñaban sus amigos, sus primas, y los que la querían mucho en hacerla reír. Muchas veces lo conseguían y si eso pasaba, la niña, ya adolescente, notaba cómo la tristeza rara aflojaba su apretón de mano con ella.

¡Terror! Le entraba tanto miedo entonces que apretaba rápidamente la mano derecha para que tristeza rara no se escapara y la dejara solita.
Y así vivía su vida teñida de azul, de blue, como los blues, con una banda sonora melancólica permanente.

Se dejó inundar hasta el tuétano casi, ya lo vamos imaginando. No tiene mucho misterio.
Llegaron días de juventud en que a sus amigos y familia les costaba distinguir a su amiga de su tristeza mestiza. Parecían gemelas.

La joven algunas noches se despertaba con una sensación de ahogo extraña. Soñaba mucho con el mar, con que se ahogaba en él, y otras veces soñó que desde el fondo del océano, donde había una ciudad lejana, muy profunda, se le llamaba para que fuera a vivir allí por fin. Ella en el sueño no quería, nadaba en la superficie, metía la cara para ver las luces de la ciudad sumergida, y sentía la atracción, y también el miedo a perderse del todo allí y ya no volver.

….continuará.

Fuente: Gestalt y Vida

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