Sobre un caso real en Terapia

(Cuando el amor se muere)
Por Graciela Large
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Durante varios meses E. ha estado dando vueltas en su cabeza a algo que le preocupa. Nada dijo a su pareja, ni a nadie. Ni siquiera lo comentó en consulta conmigo. Pasaron los meses y el carácter de E. se tornó cada vez más intolerante. Incluso para sí mismo. Sin embargo prefirió seguir ocultándolo.
Hacía poco tiempo había empezado una nueva etapa en su vida, y estaba contento con sus decisiones, con su vida y con su relación. Sin embargo eso que le quitaba el sueño no dejaba de inquietarle.
Dentro de E. creció la irritabilidad y comenzó a manifestar abiertamente su intolerancia, especialmente a su pareja, y lo hacía por hechos que parecían tener plena justificación para él. Sin embargo no conseguía recobrar el entusiasmo, dilatando cada vez el poder encontrarse de verdad.
Después de los incidentes le costaba retomar el contacto en la convivencia y la complicidad real prácticamente desapareció. Pedía tiempo para recuperarse, sin embargo ese espacio lo convertía en un aislamiento de su pareja y en incomunicación. Ella consiguió no fragilizarse con los cambios de humor de E. Se había propuesto superar su tendencia a sentirse víctima cuando surgían choques de opiniones, y ahora, le daba su tiempo.
Sin embargo, un incidente social sacó a E. de sus casillas e hizo que su pareja le alertara sobre las consecuencias de su falta de manejo emocional. Le costó reconocerlo abiertamente. Sin embargo, lo sucedido le llevó a confrontar lo que realmente le preocupaba. Consiguió asociar y relacionar su desbordamiento emocional con lo que guardaba dentro de sí. Fue entonces cuando se atrevió a hablar claramente con su pareja expresando aquello que llevaba callando. Los meses revulsivos de silencio y de contención se liberaron de golpe.
Cuando nos encontramos en consulta los tres comprendió lo terribles efectos de su silencio. Callar su preocupación se había convertido en un enfado proyectado. De manera que todo lo que criticaba a su pareja provocaba en él un pozo de recuerdos, o una memoria de intolerancia que alteraba aún más su carácter, sus sistemas nervioso e inmune.
Con la experiencia de E. retomamos el tema del enfado y con él recogemos dos aspectos de otros artículos anteriores sobre este tema: cuando algo nos molesta y accedemos con prontitud a una solución, el enfado se convierte en un aviso. Sin embargo cuando se vuelca en otro de forma no abierta o encubierta, nos encontramos ante un desbordamiento emocional.
Es de humanos enfadarse, ciertamente lo es. Es una reacción instintiva que compartimos con otros animales. Sin embargo lo que nos diferencia de los demás animales es convertir el enfado en una posibilidad de transformación personal. Puede ser una herramienta para vislumbrar una salida a lo que nos molesta, y que probablemente nos invita a un cambio, sobre todo de perspectiva, y en muchas ocasiones nos pide ser valientes para ver de cara lo que intuimos, pero que a priori, no nos gusta nada asumir.
Nos alejamos de la solución cuando el enfado nos desborda hasta conseguir romper nuestra paz y golpea al otro, aunque sea por contagio. El mal humor, la queja y la irritabilidad son formas propias del enfado crónico y que solemos airear con cierta ligereza en nuestras relaciones sociales. Cuando todo esto ocurre hay una ausencia de Inteligencia Emocional, que de tenerla activa nos permitiría superar el desbordamiento emocional a partir de saber dar estos cinco pasos:
• Qué me pasa: identifico con claridad mis emociones y soy capaz de asociarlas a sentimientos y pensamientos, llegando a ver el origen de lo que me enfada.
• Acepto lo que me pasa: encuentro recursos que me ayuden a sentirme mejor. Así canalizo la fuerza que tiene el enfado y me prepara para encontrar una salida desde la tranquilidad.
• Gestiono la experiencia: soy capaz de ver lo que pide el enfado. Quizás una conversación, un cambio de actitud, un ejercicio de valentía personal, un compás de espera… Me invito a identificar qué cambio personal esconde mi enfado, y por qué es necesario ese cambio para entenderme con el otro.
• Tomo decisiones conectadas a ese cambio, sabiendo para qué lo hago. Eso me permite hacerme con la situación de forma responsable, creando soluciones positivas, siendo capaz de anticiparme a los posibles resultados.
• Pongo mis habilidades personales al servicio de esas decisiones generando la empatía necesaria con la persona o personas involucradas en la situación. Entonces estoy receptivo y puedo identificar o intuir las emociones, sentimientos y pensamientos de esas personas.
Cuando me desbordo estoy a merced de los instintos y soy incapaz de pensar. Experimento una situación conocida como “secuestro emocional”, a la que le antecede un estado crónico de irritabilidad. Es una maleta que voy llenando arrastrando mi propio lastre de intolerancia personal.
Daniel Goleman nos puede dar una luz de lo ocurrido dentro de E., cuando nuestro protagonista no hacía otra cosa que dar vueltas a lo que le preocupaba al tiempo que lo proyectaba en su pareja. “Cada uno de los pensamientos o percepciones irritantes se convierten en mini detonante de la descarga de catecolamina de la amígdala, y cada una de estas descargas se ve fortalecida, a su vez, por el impulso hormonal precedente.
De este modo, una segunda descarga tiene lugar antes de que la primera se haya disipado, una tercera se suma a las dos precedentes y así sucesivamente. Es como si cada nueva descarga cabalgara a lomo de las anteriores, aumentando así vertiginosamente la escalada del nivel de excitación fisiológica”.
“Cualquier pensamiento que tenga lugar durante este proceso provocará una irritación mucho más intensa que la tendría lugar al comienzo de la secuencia. De este modo, el enfado se construye sobre el enfado al tiempo que la temperatura de nuestro cerebro emocional va aumentando. Para ese entonces, la ira, ante la que nuestra razón se muestra impotente, desembocará fácilmente en un estallido de violencia”.
Con el caso de E. podemos comprobar que el enfado tiene su caldo de cultivo en las relaciones. De manera que si el Amor es el estado que permite establecer vínculos, el enfado es la emoción que expresada abiertamente, o encubierta de alguna manera, consigue romper cualquier relación sin que seamos capaces de recordar que en otro tiempo hubo Amor. Cuando rompemos y dejamos una relación nos llega a parecer un engaño y una irrealidad la proximidad que en otro tiempo compartimos y que nos hacía sentirnos muy unidos a ese otro ser. Es la muerte de los recuerdos positivos y del Amor.
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