NEGOCIAR EN FAMILIA

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Por: Pilar Alberdi

La «familia de origen» es aquella de la que provenimos. Y la «familia actual», de la que comentaré otro día lo esencial, es la que nosotros formamos.
Parece algo tan sencillo, ¿verdad?, pero cuántos problemas representa.
La primera pregunta es ¿cómo se trataban los miembros de nuestra familia de origen? ¿Se gritaba, se acariciaba, las personas se ofrecían tiempo y comprensión, se podía decir todo aquello que pasase por nuestra mente, podíamos hacer preguntas sobre temas sexuales o de cualquier otro tipo, estudiar aquello para lo que nos sintiésemos aptos, los familiares y parientes más cercanos tenían alguna influencia, qué ejemplos sociales se tomaban en cuenta, cuáles eran las creencias religiosas, políticas, alimenticias o de cualquier otro orden, los progenitores mandaban por igual, había preferencia por algún hijo por parte de ambos padres o de uno de ellos, cuándo aparecían los conflictos y con respecto a qué temas, se hablaba de los ascendientes, se había separado a alguien de la familia?
Con ese bagaje tan complicado hacemos nuestra vida hasta que llega un día en que nosotros decidimos formar la nuestra. En general nadie tiene consciencia de que entre los libros, la ropa, el televisor, algún consejo bueno o malo, en fin, las cosas y temas que llevamos a la nueva estructura familiar van estas cuestiones. Al menos, no lo sabemos en profundidad. Sabemos sí y con seguridad que no querríamos comportarnos de tal manera, o que en temas determinados actuaríamos como se hacía en nuestra familia. Eso creemos. Pero, además, lo que nosotros consideramos debe consensuarse con la pareja.
Dicen que «uno no se casa con su pareja sino con la familia de su pareja». En ese refrán hay sabiduría práctica.
Seguramente al formar nuestra familia pensamos en cómo mejorar la casa a la que vamos, en cuáles de los objetos de uno y de otro quedarían mejor, en que cada uno tenga su espacio, en los niños que vendrán a nuestra vida o que no vendrán, en los animales domésticos si los hay o si los habrá y en mil detalles más. Todo parece en orden, hay amor suficiente, hay la esperanza de hacer una vida juntos, el tiempo que eso dure. Pero, ¿es el amor lo mismo para todos? ¿Qué es el amor? ¿Cuál debe ser la pasión o la comprensión para que permanezca en el tiempo, si en eso estamos pensando?
A veces, poco después de la convivencia en común llega esa queja de que esto no es lo que me esperaba, de que en su familia las cosas se hacen de una manera y en la mía de otra… Por supuesto también hay otras cuestiones como por qué una mujer siempre elige hombres maduros o otra los elige más jóvenes y cuestiones similares en los hombres, y más, muchos más temas, imposibles de reunir en estas pocas palabras.
Pero todavía la pareja no se da cuenta, no percibe que cada uno va con lo recibido y que para construir una nueva familia hay que sumar y restar, hay que acomodar criterios y sobre todas las cosas hay que negociar constantemente.
Negociar, esta es la gran palabra que debería estar en el centro de las familias. Una pareja que forma una familia debería ser experta en resolución de conflictos. ¿Cómo se consigue? Empezando por las pequeñas cosas. Tus gustos y mis gustos, mi espacio y el tuyo, tus ocupaciones y las mías, qué va junto, qué separado, y hasta la forma de hacer el amor. Así de sencillo. Si hacemos eso bien, podremos distribuir adecuadamente el afecto hacia los niños, cada uno tendrá su sitio y todos aprenderán a negociar desde la parte de cariño y tiempo que toca igual para ellos, hasta ese juguete que todos quieren en el mismo instante. Y cuando ellos formen una familia, cuando los veamos partir, también se llevarán lo que les hemos dado.

Fuente: PSICOLOGÍA.

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