SALUD Y ENFERMEDAD

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Por: Pilar Alberdi

«Es inútil querer curar el cuerpo sin antes haber curado el alma» Hipócrates

Wilheim Reich dedicó parte de su vida a estudiar las corazas musculares que la gente tenía. Los que callan, por ejemplo, muestran la mandíbula tensa.
Muchas personas no son tocadas ni acariciadas. Un problema muy grave en los ancianos que se quedan solos. Muchos niños no han recibido afecto suficiente y lo exigirán el resto de su vida. Algunos buscarán en sus parejas un padre o una madre…
Para numerosas personas el malestar físico o la enfermedad es una llamada atencional indirecta a los demás. Se muestran los síntomas del cuerpo, no los del alma. Si pudiéramos comprender ¡cuánto veríamos!
Somos eficientes, prácticos, cumplimos con nuestros trabajos y la prisa y las obligaciones marcan el día… A veces no hay tiempo ni para llorar, ni para hacer un duelo por un ser querido…
¿Hay alguien cerca tuyo que está enfermo? Dile que le quieres. Dale el medicamento del amor. Enseña a los enfermos a que se digan: «Necesito salud». Si tuviésemos acceso a su inconsciente, quizá su dolor se podría traducir como «quiero que mis padres no se separen», o «deseo tanto estar más acompañado» o «extraño tanto a mi compañera o compañero que ya no están» o «necesito trabajo» o «me han herido con una calumnia», «he descubierto una mentira», «siento ira o culpa» o tantos temas más.
Dice Paul Auster en una de sus obras «Si tuviéramos higados que hablaran no necesitaríamos Alcohólicos Anónimos». Podría citar más ejemplos, siempre digo que los escritores son grandes psicólogos.
También hay compensaciones que pueden llevar a la enfermedad y a la muerte. No caben dudas. No nos gusta que se mueran nuestros seres queridos, preferiríamos que fuésemos nosotros.
Si admitimos el poder de la mente para enfermar, también deberíamos admitirlo para sanar.
Y viene todo esto a cuento porque ayer releí un poema de Bertolt Brecht titulado «Las muletas». Con seguridad lo escribió durante su exilio fuera de Alemania durante los últimos tiempos de la la Segunda Guerra Mundial. Tuvo que dejar atrás su vida o su vivir… Es un poema simbólico que narra la visita de un paciente a un médico. Comienza así: «Durante siete años no pude dar un paso». El médico le preguntó por qué no podía caminar y él contesto que porque estaba tullido. Pero el médico no estaba dispuesto a escuchar esa excusa y le dijo: «Prueba a caminar. Son esos trastos los que te impiden andar». (Se refería a las muletas) «¡Anda, atrévete, arrástrate a cuatro patas!»
Luego el poeta explica: «Riendo como un monstruo/, me quitó mis hermosas muletas, las rompió en mis espaldas y, sin dejar de reír, las arrojó al fuego». Tomemos nota del adjetivo «hermosas» muletas.
Finalmente, cuando el enfermo toma conciencia, dice: «Ahora estoy curado. Ando./Me curó una carcajada. /Tan sólo a veces, cuando veo palos,/camino algo peor por unas horas».
Creo que la enfermedad siempre va acompañada de «algo que nos enferma», algo que no podemos aceptar, algo que nos duele o nos entristece… Algo a lo que no podemos o no sabemos encontrarle una solución.
Quizá todos llevamos muchas veces esa renuncia a no seguir adelante, ese no saber qué hacer, esas «hermosas muletas» de las que nos habla el poema. Pero siempre puede haber alguien que nos diga que no nos hacen falta, aunque algunos palos nos las recuerden a menudo.

Fuente: PSICOLOGÍA.

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